Antidepresivos: ¿un rayo de luz menos brillante de lo que parece?

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Maria Inmaculada Infantes Lopez, Universidad de Málaga; Carmen Pedraza Benítez, Universidad de Málaga, and Margarita Pérez Martín, Universidad de Málaga

Exámenes, problemas laborales o personales, confinamiento, conflictos internacionales, problemas económicos… Se podría decir que la vida no ha sido fácil en los últimos años. Todos estos retos pueden abocarnos a la tristeza, lo normal ante una circunstancia estresante.

Sin embargo, si el desánimo se mantiene, suele ir acompañado de cansancio y falta de motivación, entre otras manifestaciones, e interfiere en las actividades del día a día, puede ser una señal de depresión.

Por desgracia, este trastorno está aumentando de forma alarmante en los últimos años. Quién no conoce a alguien de su entorno que presenta los síntomas antes citados. La crisis mundial de covid-19 no ha hecho más que empeorar el panorama: se estima que en torno a un 25 % de la población mundial presenta trastornos asociados a ella.

Ante esta situación y sin importar el tipo de depresión, la mayoría busca remedio en los fármacos antidepresivos con la esperanza de salir de ese pozo de angustia. De hecho, su consumo ha aumentado más de un 30 % en los últimos 5 años y un 10 % desde la pandemia.

Eficacia y límites de los antidepresivos

¿Y cómo funcionan estas píldoras para levantarnos el ánimo? Pues bien, aunque existen muchos tipos de antidepresivos, los que se prescriben con más frecuencia son los inhibidores selectivos de la recaptación de la serotonina (ISRS). Estos, para entendernos, permiten que la serotonina, comúnmente conocida como hormona de la felicidad, actúe durante más tiempo.

Sin embargo, no siempre se obtienen los resultados esperados. Los últimos estudios indican que, en general, son efectivos solo entre un 40-60 % de los casos.

En este sentido, recientemente se ha publicado un artículo de revisión sistemática, una herramienta muy valiosa que nos permite mirar con lupa los resultados existentes en un campo. Además de informar de que el principal tratamiento han sido tradicionalmente los ISRS, concluye que estos han tenido un efecto positivo solo en ciertos pacientes. En otras palabras, no son todo lo efectivos que prometían ser.

Pero cuidado, la pregunta no es si merecen la pena o no, sino más bien saber quién es ese 40-60 %. Esto quiere decir que es necesario un análisis más profundo de los resultados con los que ya contamos para conocer cómo son los pacientes a los que sí les vienen bien dada su condición.

Un enfoque insuficiente en el tratamiento de la depresión

Aunque hay siete familias de receptores diferentes para la serotonina en el cerebro, simplificar la depresión a esa vía es reduccionista. Para empezar, este trastorno se manifiesta a través muchos subtipos (depresión mayor, depresión estacional, depresión ansiosa…), y los síntomas asociados se cuentan por cientos.

Es más, lejos de estar dichos síntomas exclusivamente ligados a estados de ánimo, muchos de ellos se vinculan a otros procesos. Entre ellos están el cambio de peso, dolor en diferentes partes del cuerpo, problemas intestinales o cardíacos, etc.

Solo esto debería ser prueba más que suficiente de que la depresión es mucho más compleja de lo que hemos asumido durante estos años. De hecho, así lo respaldan estudios recientes que relacionan la depresión con muchos más mecanismos biológicos además de la serotonina, como alteraciones de la generación de nuevas neuronas o el estado de las bacterias de nuestro intestino.

Siendo esto así, tratar tal variedad de síntomas y subtipos con un fármaco mágico parece poco realista.

Cambio hacia una medicina más personalizada

Este tipo de estudios abre una puerta hacia la posibilidad de encontrar un tratamiento más personalizado para los pacientes. Un mejor conocimiento de los participantes podría permitir clasificarlos en función de su sintomatología o de otro tipo de variables. Por ejemplo: genética, estilo de vida, edad, existencia de otras enfermedades, presencia o no de problemas cognitivos, etc.

A su vez, esto podría inspirar nuevas investigaciones que partan de esa base y permitan afinar mejor en el diagnóstico, diseño de estrategias y, por tanto, en el tratamiento, incluyendo la terapia psicológica. Y no solo eso: identificar las variables podría ayudarnos a entender mejor el origen de estos trastornos tan complejos, avanzando un paso más en su prevención.

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Armas del día a día contra la depresión

En los últimos años, son muchos los trabajos que avalan los efectos positivos que una rutina saludable puede ejercer sobre el estado de ánimo.

Lejos de ser un consejo vacío y típico, una buena alimentación nos ayuda a tener una buena salud intestinal que, cada vez más, parece estar ligada a nuestra salud mental. Practicar deporte nos permite engrasar todos los sistemas motores y metabólicos, eliminando toxinas, previniendo la inflamación y favoreciendo la liberación de sustancias como las endorfinas, que mejoran el estado de ánimo.

También es importante dormir un número suficiente de horas, lo que nos permite hacer limpieza en nuestro cerebro y fijar la memoria. Igualmente lo facilitan la estimulación cognitiva, como aprender idiomas o música.

Por último, mantener una relación sana y satisfactoria con nuestras ocupaciones y con las personas de nuestro entorno ayuda a potenciar vías cerebrales beneficiosas, como los llamados circuitos de recompensa.

Todo esto es beneficioso no solo para pacientes con trastornos de salud mental, sino para todos como prevención. Hasta que podamos desarrollar una eficaz estrategia terapéutica combinando fármacos y terapia psicológica, no está de más tener estos consejos en mente, que además nos ayudan a conservar una buena salud general. En resumen, que hasta que no demos con la tecla, la vida sana es el rayo de esperanza que está al alcance de todos.The Conversation

Maria Inmaculada Infantes Lopez, Investigadora predoctoral en depresión inducida por estrés, Universidad de Málaga; Carmen Pedraza Benítez, Catedrática de Psicobiología, Universidad de Málaga, and Margarita Pérez Martín, Profesora de Fisiología y Neurocientífica, Universidad de Málaga

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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