No sacar la ‘basura cerebral’ contribuye al desarrollo del alzhéimer

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José A. Morales García, Universidad Complutense de Madrid

Se estima que una persona genera un kilo de desechos al día. Imaginen por un momento que no pudiéramos eliminar esos residuos. La basura se iría acumulando en nuestros hogares. Vivir rodeados de basura, además de una gran incomodidad, provocaría serios problemas de salubridad.

Que el sistema nervioso es un órgano extraordinario no es ninguna novedad. Pero un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Y es que el tejido nervioso, aparte de extraordinario, es extremadamente delicado. Pero que no cunda el pánico, la evolución ha pensado en esto antes que nadie y por eso nos ha dotado de una barrera protectora que rodea por completo al sistema nervioso: la barrera hematoencefálica.

Se trata de una muralla casi inexpugnable que rodea el cerebro y la médula espinal, evitando que nada nocivo penetre en su interior. Pero eso puede tener un inconveniente. Nada entra, pero tampoco nada sale. Y al final, la basura cerebral se acumula en su interior, provocando daños graves.

El sistema glinfático, el recolector de desechos

El resto de órganos y tejidos de nuestro cuerpo lo tienen fácil. Cuentan con un sistema de gestión y eliminación de residuos que ya quisieran muchas ciudades. Es el llamado sistema linfático, una red de vasos (como los sanguíneos) que eliminan todo aquello que las células no necesitan.

Pero ¿quién saca la basura en el cerebro? Repetimos, ¡que nadie se asuste! La evolución también lo tenía previsto y, aunque el sistema nervioso central no posee un sistema linfático como tal, dispone de una alternativa para recoger la basura: el sistema glinfático.

Se trata de un sistema de eliminación de residuos que utiliza una red única de canales que discurren por el tejido nervioso. Esto son buenas noticias porque, además de la eliminación de desechos, el sistema glinfático facilita la distribución por todo el cerebro y la médula espinal de sustancias necesarias para su correcto funcionamiento, como la glucosa, los lípidos, los aminoácidos, los factores de crecimiento y los neuromoduladores –sustancias que controlan la comunicación neuronal–.

Este sistema de túneles está formado por unas viejas conocidas del sistema nervioso: las células astrogliales o astrocitos. El nombre lo dice todo: células con forma de estrella. Estas pequeñas pero valiosas células se distribuyen por el sistema nervioso central, controlando que todo funcione correctamente. Con sus múltiples prolongaciones, que le dan su aspecto estrellado característico, forman pies terminales o ensanchamientos que forman los túneles del sistema glinfático.

Células cerebrales.
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Existen muchos factores que determinan que el sistema glinfático funcione correctamente, como el sistema circulatorio o el sistema inmune. Por eso, nuestro estilo de vida, las enfermedades y todo aquello que afecte a los astrocitos, como la inflamación, tendrán efectos negativos sobre el sistema glinfático. Uno de los más importantes es el sueño. Curiosamente, el sistema glinfático funciona principalmente cuando dormimos y deja de trabajar, en gran medida, cuando estamos despiertos.

Además, este sistema es más eficiente y productivo cuando el corazón late con fuerza, porque así la sangre fluye, el cuerpo se relaja y el cerebro disfruta de un sueño reparador. Tiene lógica: aprovecha las horas de sueño para sacar la basura cerebral. Es más, algunos estudios científicos afirman que el carácter reparador del sueño se debe en gran medida a la actividad del sistema glinfático.

Pero no todo son buenas noticias, y es que el sistema glinfático, como tantas otras estructuras, también se deteriora como consecuencia del envejecimiento. O, dicho de otra forma, a medida que nos hacemos mayores nuestro sistema nervioso pierde capacidad para sacar la basura.

Desechos de proteínas acumulados en el alzhéimer y otras enfermedades

Uno de los mayores factores de riesgo para sufrir una enfermedad neurodegenerativa es el envejecimiento. Por tanto, el fallo del sistema glinfático podría contribuir a la acumulación de residuos en el cerebro a medida que nos hacemos mayores .

Es lo que ocurre en el alzhéimer. Esta enfermedad se caracteriza por el deterioro progresivo de la capacidad cognitiva –capacidad de procesamiento de la información– y funcional junto con cambios de comportamiento, que suele aparecer alrededor de los 65 años. En el cerebro de los enfermos aparecen depósitos de proteínas (beta amiloide y tau) mal plegadas que al no poderse eliminar correctamente se acumulan, afectando al correcto funcionamiento del sistema nervioso.

En este sentido, un estudio reciente realizado en modelos animales de enfermedad de Alzheimer indica que mejorando el funcionamiento del sistema glinfático se podrían conseguir fármacos más eficientes para su tratamiento. De poco sirve limpiar todos los días la casa, si luego no sacamos la basura. Es decir, por muy efectivas que sean las terapias dirigidas a eliminar las placas de proteínas acumuladas en el cerebro, si las cañerías están obstruidas de poco servirá el tratamiento.

Pero no solo al alzhéimer. Los científicos que descubrieron el sistema glinfático hace unos años, Maiken Nedergaard y Steven A. Goldman, plantearon la hipótesis de que la insuficiencia glinfática es algo común en el desarrollo de otras enfermedades como el párkinson, la enfermedad de Huntington, las atrofias multisistémicas y la demencia frontotemporal.

Dado que la funcionalidad óptima del sistema glinfático se produce cuando dormimos y que estas enfermedades están fuertemente correlacionadas con alteraciones significativas del sueño, se cree que dormir mal puede contribuir a que el sistema glinfático no funcione correctamente, contribuyendo a la aparición de estas enfermedades.

El dramaturgo inglés Thomas Dekker decía que “el sueño es la cadena de oro que une la salud y nuestros cuerpos”. Después de leer este artículo, dispone usted de información suficiente para contestar a aquellos que dicen que “dormir nos hace perder tiempo de vida”. Eso sí, todo en su justa medida.


Este artículo fue publicado previamente por la Oficina de Transferencia de Resultados de Investigación (OTRI) de la Universidad Complutense de Madrid (UCM).The Conversation


José A. Morales García, Profesor e investigador científico en Neurociencia, Universidad Complutense de Madrid

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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